Antes de llegar al Castillo Peles, Diana y Christian (la pareja de novios que me guiaron por todo el periplo de Transilvania) detuvieron el auto frente a uno de los conventos más emblemáticos de la región y me dijeron que bajara, que veríamos algo que me iba a interesar. Así es como en cuestión de minutos, el Monasterio de Sinaia quedó ante mis ojos, recortado entre la neblina matinal y con unos colores que disimulaban los casi dos siglos que pesaban sobre su perfecta estructura. El reloj indicó que faltaban pocos minutos para que fueran las 8 am y el frio se hizo sentir con una presencia imposible de eludir. Diana me comentó que el monasterio abría las puertas al público cerca de las 10 am pero como a esa hora ya estaríamos en Trasilvania, no quería que me perdiera de conocer (aunque bien fuera en una "vista de pájaro" tal cual dijo) las pinturas medievales que se encontraban al interior de una de las iglesias más pequeñas del complejo y que fueron declaradas por la UNESCO como Patrimonio Histórico de la Humanidad.